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Lola en Lisboa ( Cap.1)

Actualizado: 6 dic 2022

(Nov.22)

Hace tiempo que no tenía esa sensación que ahora mismo siento, es tan solo un halo de autosuficiencia, de independencia, de libertad. Voy andando por el aeropuerto, yo, mi vestido boho chic con botines a juego de la bufanda y mi trolley tamaño cabina. Por los ventales del aeropuerto se cuelan los rayos de sol de un Noviembre atípico, tiñendo la luz de color ambar. No hay nada planificado, tan solo un billete de avión y de ida y otro de vuelta, marcando un destino con sabor a "por fin".

La mochila cargada con la cámara de fotos, chicles y un libro para el viaje ( en esta ocasión el elegido ha sido "Cántame la verdad" de M.J. Ruiz).

Todo está perfecto.

Llegada al destino, donde la luz blanca me deslumbra pausadamente. Se respira calma. A lo lejos los veo, esperándome, haciendo señales de "¡ey! estamos aquí. Ven". Un saludo rápido, ágil, para no interferir más de la cuenta con un coche parado en medio del carril, pero efusivo y cariñoso. Ya estábamos todos, mi hermana, Rubén y yo.

Comienza la aventura.

Primer destino, el apartamento en Rúa la Madalena, pequeñito, pero muy mono. Luminoso y acogedor.

Preparados para empezar a investigar, subimos la calle para adentrarnos en el barrio alto. Las calles adoquinadas aportan esa esencia de antaño, y reclaman especial atención para no resbalar, sobre todo por la hierba o el musgo que resurge entre los adoquines. Los coloridos edificios, de dos-tres alturas como mucho, dejan claro que hace muchos años fueron más señoriales que ahora. Ahora tan solo son encantadores, con todas sus imperfecciones y deterioros. Me recordaban al claro ejemplo del término Wabi Sabi ( una teoría zen basada en la belleza de la imperfección. En la belleza que el paso del tiempo impregna en los objetos, las personas o las relaciones).

La cerámica está presente en cada rincón, fachadas de edificios enteros recubiertas de azulejos, tiendas de objetos hechos a mano, fuentes o placas decorativas.

Un minúsculo resturante nos llama la atención, grupos de personas en la puerta esperando el turno que un camarero grandullón, de tez morena y pelo azabache, boceaba desde la puerta. Tuvimos claro que esa iba a ser nuestra parada perfecta. Y así fue una hora más tarde. Ese calamar a la brasa, el bacalao a la brasa y la ensalada, hicieron que mereciera la pena la espera.

El café lo dejamos para el barrio de Chiado, con sus callejuelas, sus tiendecitas bohemias, la tienda de jabones, la cafetería- barberia-billar, el tranvía, las tiendas de ultramarinos con la cámara-vitrina de niquel. La geometría de que todas las calles desembocando al mar como horizonte. Los murmullos de las calles que hablaban distendidamente en francés, o inglés, o español, o portugués, o latino...

La sonrisa de todos los comerciantes o camareros, serviciales y cercanos. Con mirada noble y porte sencillo.



El sol empezaba su descenso mientras seguiamos deambulando por las calles, dejándonos sorprender por cada escaparate o cada ricón entre carcajadas y fotos, hasta que Rubén tuvo una idea:

- ¡Ey!, vamos al barrio nuevo. El antiguo polígono remodelado. Ya verás, Lola, te va a encantar.


Sin dudar nos subimos a un Uber. Desde el coche observábamos la bahía, luego el muelle de descarga con sombras gigantes de las grúas en hilera que anticipaban la esencia de lo que nos ibamos a encontar. El cálido anochecer en tonos púrpuras remarcando las figuras de hierro macizo como un eslogan de pausada industria.


El coche se detuvo, habíamos llegado.

En cuanto bajé y miré lo que parecía la entrada, tuve claro que efectivamente me iba a encantar. Rápidamente saqué la cámara de fotos de la mochila en un acto reflejo de "en guardia. Preparada para disparar".




Me dirigía hacia el arco de la entrada con el cartel luminoso de "LX FACTORY"sobre unas puertas casi en ruinas nerviosa, ilusionada, ansiosa ante la expectativa del próximo descubrimiento. La bienvenida era una furgoneta vieja reconstruida en floristería iluminada de encanto.

Se respiraba un aire diferente, libre, mágico. La energía de las mini bombillitas en luz amarilla te envolvía, invitándote a dejarte llevar, a fluir por las calles sin asfaltar y naves industriales deterioradas por los mas que seguro algunos años de abandono, a permanecer atenta a cada rinconcito para descubir mil y una sopresas. Las tiendecitas de diseño a ambos lados de la calle, de decoración, de ropa vintage, una librería... hasta la última de esa calle, una tienda de alimentos en conserva. Esta era como la culminación del paseo, el escaparate en forja antigua, las latas perfectamente colocadas del suelo al techo en todas las paredes, en doble altura a la que se accedía por una escalera de caracol en forja antigua. Los colores ocre y verde óxido eran como una máquina del tiempo.



Nada era superfluo, todo era un guiño a lo imaginario, al amor de los bajos fondos, al respeto a la expresión, al derecho a la existencia. Al arte como pancarta revolucionaria, como color sobre el cemento gris olvidado, como pasión patria.

Guiada por mis impulsos, entraba en cada tienda, me sumergía en cada callejón, buscaba el ángulo de cada foto, o simplemente me quedaba petrificada observando la grandeza de la sencillez de lo burdo convertido en arte. Absorta en mi mundo, sin noción del tiempo o de la compañía, sola. Hasta que me tropecé con Rubén y mi hermana.

- ¡Ay, menos mal que te encontramos!. Estaba preocupado, te has perdido- me dijo Rubén nada más verme.

- ¿yo?, ¿perdida?, nooo. Estaba muy encontrada.

- Lo ves, te lo dije Rubén. Ella es un alma libre.







Continuará....


Maribel Nicolás

















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